jueves, 6 de enero de 2011

CAPITALISMO, CONSUMO Y DESEMPLEO

ÓSCAR LÓPEZ RAMÍREZ - Filósofo - Psicólogo

1-CAPITALISMO Y MODERNIDAD

En el capitalismo, el deseo de tener no sólo se ha convertido en algo central sino que está asumiendo una dimensión casi totalitaria. Hasta en las relaciones personales “las personas se ven transformadas en cosas; sus relaciones mutuas asumen el carácter de propiedad” (Erich Fromm: Tener o Ser).

Vivimos a nivel planetario y nacional, transformaciones cada vez más radicales, ha crecido el poder de consumo, especialmente en las clases medias y altas, y así, la riqueza generada por los avances económicos y tecnológicos ha aumentado, pero sin equidad. La “globalización” ha permitido cumplir sueños antes no imaginados, comprar productos extranjeros de Norteamérica, Europa, la China, los vinos chilenos y los dulces y confituras de toda clase; pero igualmente sólo las clases altas y medias disfrutan de ello.

Los logros de la modernidad, nos permiten cumplir sueños milenarios, y para ello cada día aparecen aparatos cada vez más sofisticados; en la cocina, el rústico fogón de leña, de petróleo o de carbón, fueron sustituidos por el fogón y el horno eléctrico, de gas o el microondas; en los hogares, la nevera, la lavadora eléctrica, la licuadora, suplen la ajetreada vida diaria, y como ayuda para quienes trabajan fuera de sus casas. El equipo de sonido, el televisor, el DVD, el walkman, el Ipod, son el complemento necesario para divertirnos e instruirnos. El computador, el MP3, MP4, hacen parte del equipo corriente en especial de los jóvenes, quienes no conciben ya sus vidas sin ellos, y les permiten vivir en esa “otra realidad”, la virtual, distinta a la cada vez más asfixiante vida cotidiana.

Hemos pasado de las herramientas y máquinas simples, a objetos integrados en sistemas. Como anota Baudrillard, “los objetos se han vuelto hoy más complejos que los comportamientos del hombre relativos a estos objetos. Hoy día son los actores de un proceso global en el que el hombre no es más que el personaje o el espectador” (BAUDRILLARD, Jean. El sistema de los objetos. Siglo veintiuno Editores. Bogotá. 1984).

Cada vez pues, dependemos más de dichos objetos, y somos menos autónomos, nuestros actos más simples están más ligados a ellos, y se está levantando una generación de tecno-dependientes, no sólo en lo complejo, sino en cosas relativamente simples como sumar cifras simples, consultar palabras, llevando consigo a una pereza mental y falta de creatividad, y no muy lejos, a la imbecilidad, aunque se manejen poderosos aparatos electrónicos.

Estos avances presentan la otra cara oscura, nos muestran sólo una parte de la realidad. A este “banquete de la civilización” como decía Pedro Henríquez Ureña, no son invitados todos, y son más los excluidos que los que disfrutan de sus logros. Para los sectores deprimidos de la población, la situación no ha cambiado. Al contrario, paradójicamente son más pobres. Como señalan las estadísticas, el acceso a los bienes de consumo, la salud o la educación es cada vez más precario.

Nuestros países, como tantos otros del Tercer Mundo, dejaron de ser autosuficientes, entrando en el gran ciclo del mercado mundial. Ha sido en los últimos años donde este proceso ha sido mayor en especial a partir de la llamada Globalización, que ha integrado todo el planeta en su esfera, en especial en el aspecto económico. A ello van vinculados los avances increíbles de los medios de comunicación, pues hemos pasado en poco tiempo de la radio y la televisión, al Internet, que ha llevado a transformaciones cada vez más aceleradas. La tónica dominante es una gran movilidad en todos los campos, en la forma de pensar y sentir, en la sexualidad, en los gustos y deseos, y las conductas en general.

En las sociedades premodernas los deseos eran reprimidos o controlados. Los tabúes, los mitos y los ritos, han sido mecanismos institucionales que han buscado proteger a la comunidad contra las violencias que en caso extremo, pueden llevar a su disolución. Entre los hombres de esta época el más alto ideal era la “salvación del alma” individual, y lo demás ha sido secundario. Los hombres viven en determinados oficios y clases, equivalentes, a los cuales pertenece hasta su muerte. Esto lo describió Santo Tomás y corresponde a una vida orgánica que busca seguridad.

Según Girard, “en las sociedades arcaicas, las tramas de lo prohibido y los comportamientos que esas tramas definen, llevan a cabo oficialmente la distribución de los objetos disponibles entre los miembros de esa cultura”.

Esta tranquilidad se convierte en desasosiego al pasar la sociedad de un estado estático a uno dinámico, y es obra del espíritu capitalista que aún impera en nuestros días, y de ser algo “antinatural”, se convierte en algo natural y necesario, y compulsivo, que domina nuestro ser por entero y rige la historia del mundo. Siempre se ha comprado poseído, disfrutado, gastado y, sin embargo, no se “consumía”.

Italia fue la cuna de estos cambios, también allí, en el XV, y sobre todo el XVI, la aritmética se expandió hacia los países del Norte. Se inventaron además las fracciones decimales, y el invento de la imprenta en Alemania facilitó el cálculo comercial. Se extiende también la contabilidad, y Holanda se convierte en el país modelo, pues hasta las mujeres son educadas en la contabilidad.

Fue en las ciudades italianas donde por primera vez se manifestó el espíritu burgués, en la Toscana, y concretamente en Florencia, había en el siglo XIV un afán febril de lucro, y por eso Burckhardt habla de un “talento innato de los florentinos para someter toda la existencia a una evaluación numérica”. Pero este espíritu se opacó, debido a una feudalización o hispanización de la vida. La concepción católica y jerárquica del mundo llevó a los españoles a disfrutar de la vida alegremente sin esfuerzo y la laboriosidad les era ajena. En Florencia, según Sombart a finales del siglo XIV, por vez primera encontramos al perfecto “burgués”, y es una figura especial con una peculiar conformación psíquica, y no designa una clase social sino cierto tipo de persona. El más típico burgués del Quattrocento es L. B. Alberti, quien escribió libros que antecedieron a los de Defoe y B. Franklin. Como anota igualmente Sombart, un determinado espíritu “domina” en una época cuando se le da una gran difusión; “predomina” si determina las acciones económicas de la mayoría de los sujetos económicos. El espíritu capitalista se forma de dos elementos: espíritu de empresa que es una síntesis de codicia, espíritu aventurero, afán descubridor. El espíritu burgués se compone de prudencia reflexiva, circunspección calculadora, ponderación racional y espíritu de orden y economía” (SOMBART, El burgués).

Pero desde comienzos del siglo XVIII en Francia, Inglaterra y Holanda, comenzó una patológica obsesión por el dinero, y la codicia que era vista como un defecto, y aún hasta un pecado, se convirtió como anota Fromm en una “estructura de carácter”, es decir, un comportamiento alabado por todos, llegando a convertirse en la primera característica del hombre moderno.

Así desde que los pueblos germano-eslavo-célticos comenzaron a dominar la historia, luego del opacamiento de España, Italia y Portugal, la mentalidad económica ha experimentado un cambio fundamental originando el espíritu capitalista que hoy domina el planeta.

Pero este proceso no ha sido rápido ni sencillo, y al ingenuo campesino, al zapatero, ni al comerciante, se les ocurría pensar que con su trabajo podrían conseguir riqueza y tesoros. Alberti, uno de los primeros capitalistas italianos, indicaba como fuentes de ganancia, a parte del comercio en gran escala: la búsqueda de tesoros, la caza de herencia, la clientela, la usura, el arrendamiento. Otros factores son la violencia, la magia, el ingenio (que consistía en vender proyectos a los monarcas), la alquimia.

Lo que ocurre actualmente es que, “El reconocimiento que antes se daba en el plano militar, religioso o nacionalista, ahora se desencadena en el plano económico. Los príncipes que en otras épocas intentaban derrotarse entre sí arriesgando sus vidas en sangrientos combates, ahora arriesgan su capital instaurando imperios industriales” (F. FUKUYAMA).

2-DEL CONSUMO AL CONSUMISMO

Se puede concebir el consumo como una modalidad característica de nuestra civilización industrial, pues ya no es ese modo pasivo de absorción y de apropiación, sino que es un modo activo de relación (no sólo con los objetos, sino con la colectividad del mundo), un modo de actividad sistemática y de respuesta global en el cual se funda todo nuestro sistema cultural.

El consumo se define como una práctica idealista total, sistemática; por esto, el consumo no tiene límites, “presupone una ética, una disposición alimentada por el imaginario colectivo” (Buenaventura dos Santos). Y es alimentada por la publicidad que en nuestros días “es una fuente permanente de ejemplaridad, de estilos de vida. Es una actividad de manipulación sistemática de signos, los objetos toman su coherencia en una relación abstracta y sistemática con todos los demás objetos-signo. Entonces se “personalizan”, forman parte de la serie, son consumidos, nunca en su materialidad, sino en su diferencia. El apogeo de esta mentalidad lo hallamos en Benjamín Franklin, quien acuñó la frase: “el tiempo es dinero”, mentalidad que se extenderá poco a poco y se formará lo que se llama la “honestidad burguesa” que consiste no sólo en ser virtuoso sino también en aparentarlo, pero por razones comerciales, pues toda conducta moral “eleva el crédito”.

En palabras más simples, dice Marx en El Capital: “la riqueza de las sociedades en las cuales predomina el modo de producción capitalista se presenta como una enorme acumulación de “mercancías”. En la sociedad del capital, la mercancía no es una “cosa trivial y obvia”, sino “embrolladísima, llena de sutileza metafísica” y de caprichos teológicos.

Las mercancías adquieren un carácter “místico”, y es lo que llamó Marx el “fetiche de la mercancía”, es decir, que adquiere un carácter misterioso e infinito, de modo que los que no consiguen comprar un producto costoso y no superan esa mística, se sienten menos, inferiores, culpables, sin dignidad, y reaccionan a veces en forma violenta rompiendo el tabú de la propiedad privada y las leyes del mercado. Contra ellos la sociedad, es decir, los integrados en el mercado, se sienten con el derecho de emplear toda forma de violencia legal o ilegal contra ellos.

El proyecto mismo de vivir, fragmentado, decepcionado, significado, se reanuda y se aniquila en los objetos sucesivos. “Moderar” el consumo o pretender establecer una red de necesidades capaz de normalizarlo, es propio de un moralismo ingenuo o absurdo.

“El pensamiento económico neoclásico y el neoliberal presuponen que el ser humano no tiene necesidades sino únicamente gustos. De acuerdo con éste enfoque, el hombre no manifiesta la exigencia de la satisfacción de las necesidades de alimentación, ropa, etc., sino únicamente sus gustos o preferencias que p. Ej. le permiten preferir la carne al pescado, el algodón a la fibra sintética, etc.”. HINKERLAMMERT, Franz. Crítica de la razón utópica. Ediciones Paulinas. Sao Paulo.1986.

Para Celso Furtado, es fundamental que abandonemos las ilusiones de una “modernidad que nos condena a un mimetismo cultural esterilizante” y que huyamos de la obsesión de reproducir el perfil de los que se autodenominan desarrollados “y que asumamos nuestra propia identidad. No es fácil superar ese deseo mimético de consumo o mejor del de apropiación. Que está en el centro mismo de la modernidad”.

La estructura básica del deseo mimético consiste en que yo deseo un objeto, no tanto por el objeto en sí, sino por el hecho de que otro lo desea. Se crea así una rivalidad entre los dos individuos que desean el mismo objeto. Esto es la competencia, la cual es para la economía liberal impulsora del progreso. Y como siempre habrá novedades que sean objetos de deseo, la escasez siempre en relación a los deseos. Será un hecho fundamental. Y la violencia que de ellos se deriva llegará a ser presente.

En las sociedades modernas con el mito del progreso, los deseos miméticos en vez de ser reprimidos son incentivados, y se imaginan que su malestar y sus desgracias provienen de las trabas que los tabúes religiosos y las prohibiciones culturales imponen a sus deseos, y piensan que derribadas estas barreras se podría expandir el deseo y alcanzar sus frutos (JUN MO, Sung. Deseo, mercado y religión. Editorial SAL TERRAE. Bilbao. 1999).

Así, el individuo “frustrado”, el pobre en la sociedad capitalista, internaliza el sentimiento de culpa por su fracaso, y percibe su situación como fruto de su culpabilidad, y no como el resultado necesario de un modelo de desarrollo adoptado. Aquí entra el proceso de “secularización” que no es la eliminación de lo sagrado, sino un desplazamiento de la esfera religiosa hacia otros ámbitos, principalmente el económico.

El mayor desafío actual, es desenmascarar este mecanismo, y esto sólo es posible por medio de mecanismos democráticos y nuevos pactos sociales, y se establezcan nuevas políticas económicas y leyes que delimiten las satisfacciones de los deseos de consumo de bienes de lujo.

El deseo mimético de apropiación no puede ser eliminado sino limitado o atenuado por medio de otro deseo mimético, en que interesen más el ser humano que los objetos. A la vez, para que la lógica del “tener” sea relativizada por la lógica del ser.

La sociedad capitalista sólo acepta los deseos que el mismo mercado crea como un estímulo, entonces él es el criterio que distingue entre deseos aceptables y no aceptables, y entre las violencias que pueden ser aceptadas como benéficas, y las que deben ser combatidas. Los que están excluidos del mercado no se beneficiarán del crecimiento económico si éste se basa únicamente en la lógica del mercado. Sólo el principio solidario restablecerá las relaciones humanas, en las que “ser” es más importante que tener.

3-DESEMPLEO ESTRUCTURAL Y EXCLUSIÓN

Desde que se inició el capitalismo ha existido desempleo, pues es una de sus leyes, pero éste era coyuntural, y había fases de prosperidad en las que el desempleo descendía. Pero hoy las cosas son distintas. El desempleo actual es “estructural” porque no es una situación coyuntural, fruto de una recesión económica que vaya a superarse o a atenuarse con el crecimiento económico. Por el contrario, las grandes empresas siguen aumentando sus ganancias y contemplan cómo sus acciones se revalorizan, precisamente porque están despidiendo personal.

Este tipo de desempleo es fruto del actual modelo de globalización de la economía, de la revolución tecnológica y de la financiarización de la riqueza. Según Peter Drucker, en la economía mundial “la producción ha dejado de estar “conectada” al empleo; y son los movimientos de capital, y no el comercio (tanto de bienes como de servicios), los que se han convertido en la fuerza impulsora de la economía mundial”.

En las sociedades premodernas el ser humano trabajaba para vivir, en las capitalistas se ha pasado a vivir para acumular riquezas.

El sistema financiero que debería estar al servicio del sistema productivo, ha cobrado una dimensión mayor, más importante y en gran parte desconectada de la producción. La riqueza financiera es en gran parte ficticia, ya no está compuesta de bienes tangibles, sino en las pantallas de los ordenadores.

El deseo ilimitado de las riquezas produce dos efectos no intencionales pero muy graves. El primero es la amenaza del sistema ecológico, y el segundo la grave crisis social que lleva a la pobreza y la violencia, al consumo y el tráfico de drogas, termina acabando con el principio clásico del “buen vivir” el cual es “vivir en comunidad”, pues la vida sólo se puede conservar y reproducir dentro de los límites concretos de la comunidad y el medio ambiente…

“La concentración de las empresas se ha convertido en el principal motor de la acumulación del capital, si bien esto ha sido una constante en la historia del capitalismo y a su vez una condición de su supervivencia como modo de dominio de clase, jamás había conocido un ritmo tan acelerado.

Desde la mitad de los año 70`s, la acumulación de capital se realiza por medio de anexiones de empresas, rescates y fusiones. Fusiones y alianzas de sociedades contribuyen a la edificación de un complejo económico totalitario. “Liberalización”, “privatización”, “desregulación”, “sistema de libre comercio internacional”, son algunos de los tantos argumentos racionales esgrimidos para justificar esta evolución. En este movimiento de concentración, los grandes bancos de inversión, los fondos mutualistas y los fondos de pensión juegan un papel preponderante.

Los reagrupamientos de empresas o fusiones se han ido multiplicando en todos los países del mundo. Las grandes transnacionales han puesto el ojo en gran parte del mercado mundial, en especial en sectores claves, y así, en los países avanzados se han centrado en los equipamientos eléctricos, electrónicos y de software, o en la industria aeroespacial, estimulado no sólo por sus propios gobiernos, sino también por las enormes subversiones y privilegios fiscales que les brindan los países que los acoge.

El costo de estas operaciones es ante todo en términos de reducción drástica de empleos, o reducción de salarios, y así, en todos los sectores de la producción, los salarios reales han caído por el impacto del cierre de fábricas y de la deslocalización de las empresas. Sin embargo, las transnacionales escapan a la crisis que ocasiona cientos de millones de víctimas. La revista Fortune hace un elogio de la 500 empresas mayores del mundo diciendo que “ellas han roto las fronteras para alcanzar nuevos mercados… entre más es el número de países, mayores son los logros”. Desde el comienzo de los 80`s estas empresas han conocido una expansión ininterrumpida a través de fusiones y rescates de empresas.

Además, la mundialización de los mercados y la internacionalización de los negocios, le han abierto a criminalidad financiera, capacidad de desarrollo ilimitado, gracias a que hay vacíos jurídicos que no los limitan, pues donde todo está permitido nada está sancionado. (Periódico LE MONDE DIPLOMATIQUE).

“Dos tendencias parecen caracterizar las mutaciones de la economía mundial: la explosión del capital especulativo y el aumento correlativo de la precariedad del empleo. La especulación financiera se traduce por la multiplicación del número de fusiones industriales y de los “golpes” de la Bolsa que transforman la oferta de trabajo: los empleos estables y relativamente bien pagados son reemplazados por empleos inestables y generalmente mal remunerados”.

“Desde 1969 los trabajadores de tiempo parcial han ido aumentando y los “pobres que trabajan” y parados ha crecido enormemente. A partir de los años 60`s el capital disponible para las fusiones a provocado un aumento del número de empleados sub-pagados. Desde fines de los años 80`s el crecimiento del número de trabajadores de bajo salario sigue aumentando, y las empresas de gran capital están licenciando a gran escala”.

“Las fusiones, las adquisiciones de nuevas empresas al aumentar, tienen influencia profunda sobre el mercado laboral. Así, el crecimiento del endeudamiento impide que los dueños de las empresas tengan un mayor margen de maniobra”.

“Desde hace algún tiempo se ha ido creando una fuerza laboral competente que ejerce una presión a la baja sobre los salarios, y así el nexo entre especulación bursátil y la caída del número de empleos bien remunerados se ha vuelto cada vez más visible. Sin embargo, paradójicamente, los grandes ejecutivos de las empresas se han aumentado sus salarios, tal como se observó escandalosamente en la pasada crisis en los Estados Unidos”.

“Además, a muchos empleados despedidos, se les reengancha con remuneraciones inferiores a las que tenían antes, contribuyendo a lo que se ha llamado, los trabajadores pobres, es decir, que “uno se vuelve pobre trabajando”.

“La volatilidad creciente del capital especulativo exige una fuerza de trabajo cada vez más móvil, susceptible de cambiar de lugar y de actividad, y a adaptarse a las fluctuaciones de los cambios salariales, y así, lo que el capital gana en movilidad el trabajador lo pierde en seguridad”.

Colombia se destaca por ser el país de mayor desempleo en América Latina, y en los tres últimos años la economía aumentó un 2%, aumentando el desempleo, especialmente el juvenil y el calificado, se ha desatado así la informalidad, aunque las cifras la ocultan, o con los empleos temporales, mal pagados, siendo Bogotá la ciudad donde más se presenta éste proceso; como señalan las estadísticas entre enero y noviembre del 2010, el subempleo objetivo creció 20% en el país, y 50% en Bogotá, Como anota Alejandro Gaviria, “los negocios informales se benefician de la concentración urbana” y por eso llega a la conclusión paradójica y triste de que Bogotá es una ciudad donde en teoría poca gente quiere vivir pero donde en la práctica, cada vez más y más gente tiene que vivir”.

Como anota Eduardo Sarmiento, las perspectivas externas e internas no son propicias y el panorama parece más sombrío con el actual modelo de desarrollo. Los gobiernos atados a las políticas neoliberales sólo cumples las normas de los organismos internacionales, y no se atreven a buscar fórmulas imaginativas y propias, para lograr que la población, en especial la juvenil, logre acceder a un futuro menos oscuro del que se presenta actualmente. En resúmen, este es el drama de los países del Sur, frente al poder omnímodo del llamado "Norte", o sea, los llamados países desarrollados.

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