miércoles, 18 de julio de 2012

JUAN RULFO, POETA DE AMÉRICA

                                  ÓSCAR LOPEZ R. - PSICÓLOGO - FILÓSOFO

La obra de Juan Rulfo llena de perplejidad al lector acostumbrado a la lectura de otros autores en las que el exceso de palabras, textos farragosos, pesados o demasiado almibarados son la constante. Su obra es de otro calibre: Rulfo con su parco lenguaje -que es el del pueblo indígena y campesino que retrata- obliga al lector a emplearse a fondo; eso mismo ha llevado a la confusión de muchos críticos que no han sabido cómo clasificar su obra. Su gran virtuosismo queda oculto en la sencillez de los relatos; su obra como la del escultor, la realizó quitando en vez de añadir; cada vez que le daban a corregir sus textos para ser publicados de nuevo, en vez de añadir, eliminaba y pulía.

Su vida y su obra son la encarnación de su pueblo mexicano y el latinoamericano, en especial indígenas y campesinos que por siglos han buscado en vano expresar sus dolores, anhelos y tristezas, y en él han encontrado la voz que les permite relatar sus penas y alegrías, sus anhelos y tristezas.

Sin embargo, han dicho algunos, que su obra tiene un tono populista y amargado. Rulfo no los critica, y es su obra la mejor respuesta a las críticas superficiales; en su lenguaje seco y aparentemente limitado, se oculta una obra con una estructura compleja que se nos abre cuando llegamos al sentido profundo de sus textos. La relación en que muestra a sus personajes no tienen una ilación, y por eso algunos críticos le tildan de incoherente, sin embargo, la lectura aplicada nos muestra su gran sutileza y la perfección de su diseño. La realidad que nos presenta Rulfo, es tan conocida que parece irreal; el pueblo que él retrata ha sido desconocido para los gobernantes, como para muchos escritores y políticos que han pretendido defenderlo. Sus personajes son seres golpeados por la fatalidad de una naturaleza implacable y de los poderosos que los han dominado. Por eso expresaba en un poema:

“Desde que el mundo es mundo hemos echado a andar con el ombligo pegado al espinazo, y agarrados del viento con las uñas…. Y en todo desconsolado concluye: Aunque bien sabemos que ni ardiendo en brasas se nos prenderá la suerte”

La fama que ha alcanzado Rulfo parece hecha a su medida, callada, sin estrépito, y si bien, es menos conocido que Borges o García Márquez, el valor de su obra crece cada día. Aunque escribió pocos relatos y sólo dos obras medianamente grandes, le permiten respirar tranquilo, pues ya tiene un sitio en la literatura universal, aunque a él eso pareció tenerlo sin cuidado.

Él quería era que lo dejaran en su silencio; lo que conocemos de él, nos basta para saber lo esencial sobre el ser humano en su trágica grandeza. Fue un agónico como Unamuno, pero si a éste le gustaba siempre gritar sus dolores, Rulfo quería más bien callarlos, y como su personaje quería, “desvivirse por conocer ese tantico de la vida”.

Rulfo conoció desde temprano la muerte; su padre, asesinado por un peón, su madre murió cuando él tenía doce años, sus tíos murieron en la guerra cristera de 1926, instigada por sacerdotes que fueron despojados de su poder. Así, muy temprano quedaron él y sus hermanos bajo la tutela de una abuela rezandera, que en vano intentó estimular en el niño su religiosidad, logrando más bien desarrollar otra más radical y profunda. Al morir su abuela, fue llevado a un orfanato, y luego realizó vanos intentos por ingresar a la universidad. Fue un autodidacta realizando algunos estudios de leyes y contabilidad.

SU OBRA
Detrás de la aparente simplicidad y laconismo de su obra, se oculta una inmensa capacidad técnica ,la que aprendió tanto de autores regionales como Giono y Hamsun , o Faulkner; y en especial Ramuz cuya novela Cleorance, como lo dijera él mismo, hubiera querido escribir.

Igual que se sirvió de todas las técnicas actuales como el monólogo interior (que usa el Padre Rentería). Logra sustraer el relato del curso del tiempo, y lo que cuenta ocurrió tiempo atrás, muy semejante a los sueños y recuerdos. Los personajes van soltando poco a poco lo que dicen , y obliga al lector a completar lo que ha aprendido. Su obra expresa un laconismo y sobriedad poco conocidos en gran parte de nuestra literatura. El lenguaje que emplean sus personajes, es el habla de los campesinos de Jalisco, lleno de giros y voces propias. Aunque él dice que nunca pudo ser poeta, sin embargo los mitos con que puebla su obra desde Comala hasta Pedro Páramo, encarnación del cacique tradicional de nuestras tierras, lo señalan como un excelso poeta en el sentido clásico, un “creador”, que nos cuenta sobre el ser humano y sus luchas.

PEDRO PARAMO es una historia de muertos y fantasmas; transcurre en la mítica Comala que puede ser cualquier región de Latinoamérica, en la que imperan la sangre y la muerte por obra de los caciques se repiten de siglo en siglo, y donde los pobres sufren y luchan buscando infructuosamente su redención.

Los muertos hablan de sus vidas y por eso “los narradores hablan más de lo que saben”, es el relato sintetizado del período revolucionario de México, la fábula del poder omnímodo que ha imperado en nuestras tierras. Por eso al regresar a Comala, Juan Preciado hijo de Pedro, encontró que allí no había vivos, sino las ánimas de todos los que había visto en el sueño, que le hablaban y le decían miles de cosas que los vivos no podían ver; le hablaban de cómo la violencia, la culpa y la muerte acompañan a todos los vivos de este mundo. Esta visión le impidió seguir viviendo y murió de repente.

El logro más original de la obra de Rulfo es, según Rufinelli, la atmósfera que crea, a la que contribuyen el tiempo reversible y anulable, la noción de las ánimas en pena que habitan la tierra igual que los vivos, la muerte producida por los “murmullos” de los muertos, es decir, no hay aquí un “más allá” separado, sino que estamos acá, es la realidad, semejante al Hades homérico o hebreo, habitado por seres en pena que nos hablan. Lo que describe en esta obra no es un mundo trascendente; no es otra que nuestra sociedad habitada por campesinos e indígenas, que durante siglos han esperado una oportunidad de vivir humanamente.

Como anota Rufinelli, la extrema pobreza de los personajes parece significar una condición última, desnuda del hombre, su condición más elemental. La inventiva de Rulfo ha situado la novela en la eternidad enterrada de los muertos. Rulfo como Joyce se confía en el lector para que establezca el orden. La religión que los nutre no les da vida, pues como dijo él mismo:

“Yo fui creado en un ambiente de fe, pero sé que la fe allí ha sido trastrocada a tal grado que aparentemente se niega que estos hombres crean, que tengan fe en algo, por eso han llegado a ese estadio. Ellos creyeron alguna vez en algo, los personajes de Pedro Páramo y aunque siguen siendo creyentes, en realidad, su fe está deshabitada. No tienen un asidero, una cosa de donde aferrarse…la fe fanática produce precisamente la antife, la negación de la fe” (Rulfo).

Los personajes se han convertido en arquetipos; la significación de su obra, aunque regional, tiene un carácter mundial, pero con un entorno concreto: su tierra mexicana. El ambiente del relato, se expresa en gentes y tierras infértiles, mujeres y viejos sin destino que viven en la desesperanza.

Es una historia de orfandad, no sólo existencial sino también social y económica, la de nuestro pueblo que durante siglos ha sido abandonado por el Estado (el padre siempre ausente), y han sido engañados con promesas que nunca han cumplido. De ahí su resignación y fatalidad.

En Comala el cielo es un cementerio. Comala está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno… muchos al llegar al infierno regresaban por su cobija. Aquí la religiosidad no es sino la fusión de ilusiones, de convicciones, de la fe que es invocación de todas las creencias y recuerdos. Aquí tiene su asiento esa teología popular que mezcla cielo, infierno, vírgenes, santos, gracia, caída e imposibilidad de redención y que lo ajusta todo al orden de lo profano, al tamaño de la gana personal. “Todo consiste en morir; Dios, mediante, cuando uno quiere y no cuando él lo disponga”. Esta religiosidad bien puede ser la incredulidad que todavía no aprende un nuevo lenguaje. Esta cultura religiosa sólo fomenta el rencor y la experiencia amarga.

Juan Preciado pregunta a Dorotea:

“Y tu alma, ¿dónde crees que haya ido? Debe andar vagando por la tierra como otras tantas, buscando vivos que recen por ella”. Rulfo usa los símbolos cristianos sin jamás someterse a ellos. Acumula ideología y leyenda, fe supersticiosa y superstición fideista, explotación y candor, solidaridad destruida por el asesinato y brutalidad sustentada en el amor a la familia, vida y muerte, ánimas benditas y ánimas en pena.

Otra solución magistral de Rulfo es mostrar a Comala como un pueblo muerto donde los personajes vagan y se confiesen desde sus tumbas, anclados en un único tiempo que es la eternidad. Así, “Dio con un hecho que nunca ocurrió y con gentes que nunca existieron”. Los ecos, los murmullos, los susurros de las ánimas en pena, el entretejido de voces que desde las tumbas o desde cualquier resquicio van determinando el carácter de Comala que vislumbra la eterna reconstrucción de la agonía de un pueblo y de un cacique que lo logra todo menos el amor de Susana Sanjuán, que sólo le devuelve rencores. Por eso, Pedro es un cacique a la vez cruel y sentimental, fuerte y débil con la lujuria y avidez acumulada. Pedro y Susana acuden a la obsesión para escapar del ámbito de una sexualidad desamparada, imaginan una posesión de la naturaleza evanescente.

En Rulfo la desesperanza casi lo es todo, pero, fue lo suficientemente lúcido y honesto para plantear algunas salidas a la situación de su pueblo. De ahí su compromiso con su país y con la cultura popular, a la cual contribuyó en múltiples formas, como su trabajo en el Instituto Antropológico de México, y con su ideario político y humano, en el que soñaba con una vida más digna para nuestras gentes.

“¿Y por qué esto está tan triste? Son los tiempos, señor.

sábado, 14 de abril de 2012

CRECIMIENTO O DECRECIMIENTO: LA ALTERNATIVA PLANETARIA

OSCAR LÓPEZ R., Filósofo - psicólogo

“Después de mi, el diluvio”, se dice que expresaba Luis XV cuando le recordaban el fasto en que vivía, y su derroche de los dineros del pueblo francés, antes del levantamiento que llevaría a la guillotina a su sucesor Luis XVI; lo mismo parecen decir los capitalistas y gobiernos del planeta, cuando la humanidad y el planeta están en cuidados intensivos; cada vez más, la balanza se inclina hacia una situación de no retorno y cuando se plantea la necesidad urgente de un cambio
global.

Al plantearse la alternativa, “Crecimiento” o “Decrecimiento”, ellos apuestan por la primera, pues les es más rentable y beneficia más sus bolsillos. El argumento que esgrimen, es que debemos seguir creciendo, y apostar por el decrecimiento, sería según ellos, volver atrás la historia. Nadie niega los logros de la ciencia y la técnica, las cuales han transformado el planeta en una forma nunca antes conocida, pero el costo humano, social y ecológico del crecimiento pesa más que sus beneficios.

El programa del “Decrecimiento” no es un discurso improvisado de ilusos ecologistas que en su anhelo por un mundo mejor, cuestionan a ultranza todo lo que suena a tecnología, añorando lo espontáneo, natural y artesanal, como se les ha querido hacer decir. Está apoyado en estudios científicos, no sólo de ahora, sino de vieja data, y no es sólo un discurso teórico, sino un programa práctico, mejor, una “utopía concreta” que propende por un cambio de vida radical a nuestro actual modo de vida consumista y depredador. Como anota Paul Aties, “No somos objetores de crecimiento a falta de algo mejor, o por despecho; lo somos porque no sería posible continuar como antes. El nuestro es ante todo un combate de valores. Rechazamos esta sociedad de trabajo y consumo en la monstruosidad cotidiana, y no solamente en sus excesos” (Decrecimiento o barbarie).
Cada vez es mayor el número de científicos que conscientes de la situación que vivimos; así, Georges Cousteau, con sus estudios marinos, Barry Commoner, James Lovelock, con sus estudios sobre “Gaia”, y muchos otros, han tomado a la naturaleza como su objetivo. De igual forma, el recién fallecido filósofo greco-francés Cornelius Castoriades, lo expresaba de otro modo, pero no menos directamente:

Creo que durante un período como éste, el papel de aquellos que piensan la polìtica y que tienen una pasión política (una pasión por la cosa pública) consiste en decir en voz alta, aunque se les oiga poco, lo que piensan a la poblaciòn. Criticar lo necesario, recordar también al pueblo que ha habido fases en su historia en la que èl mismo ha sido de otra manera, en el que ha actuado de manera históricamente creativa, en el que ha actuado como instituyente”.
Si bien lleva ya varios años, y crece el número de obras publicadas, estudios y foros, desde El club de Roma, Kyoto, Brasil, y el último en Dubai, entre nosotros, todavía no hay una conciencia colectiva sobre la necesidad de defender el planeta y al hombre con ella. Sólo algunos grupos e individuos han tomado como propio este problema.

Como anota Castoriades, siendo los imaginarios los que en última pesan, desde el siglo XVIII se instauró primero en Europa y ahora en todo el planeta, el imaginario de la productividad sin límites, el crecimiento y el desarrollo, que suplantaron la utopía y la esperanza escatológica medieval (del más allá), por los mitos seculares del progreso, el mercado, el desarrollo y el crecimiento.

Todos los regímenes modernos, de izquierda o derecha, democráticos o totalitarios, han sido productivistas; se han construido sobre el imaginario burgués de la dominación y la productividad. El hombre moderno se ha creído un grupo aparte, superior y hasta dueño de la naturaleza.

Esto lo enfatizó Francis Bacon, “se trata ya no de obedecer a la naturaleza sino vencerla”. Así, como anota Schumpeter, vive con la “ilusión de poderes ilimitados, adelantada por los asombrosos adelantos científicos y técnicos” creyendo engañosamente “haber resuelto el problema de la producción” (“Lo pequeño es maravilloso”).

Se desarrolló una nueva lógica basada en el llamado “deseo mimético de apropiación” que consiste en que yo no deseo un objeto en sí, sino porque otro lo desea, lo que lo hace importante. Así, el objeto es escaso y por eso es objeto de deseo. Lo alucinamos imperiosamente como necesario. Si quiero ser reconocido, debo desear y poseer el objeto poseído por el otro, para que él me reconozca. Se crea así una rivalidad o competencia. La lógica de la acumulación que es la del mercado, se convierte en absoluta. Es el economicismo. En efecto, la economía es la nueva religión, con sus dioses, sacerdotes, su culto, siendo su rasgo constitutivo, la lógica de la exclusión y la insensibilidad. El neoliberalismo plantea la desigualdad social como si fuera algo ineludible. Los que no poseen son excluidos porque se dice, no quieren participar o porque son culpables. Es la lógica de los triunfadores; las necesidades de los más necesitados son sacrificadas, y la solidaridad es sustituida por el egoísmo absoluto.

El decrecimiento, en suma, no es otra variante del crecimiento, sino la construcción de una sociedad más austera, y sobre todo, más equilibrada, y una respuesta a un crecimiento hipertrofiado, monstruoso de productos en gran parte innecesarios, convirtiendo al planeta en el gran vertedero de basuras industriales.


DECRECER, UNA PALABRA NO TAN NUEVA
Aunque el término “Decrecimiento” es nuevo, su historia es sin embargo muy antigua y está relacionada con la crítica culturalista y ecologista de la economía. El problema no es sólo de palabras en cuyo terreno también se da una batalla. Como plantea Serge Letouche, “el desarrollo, concepto etnocéntrico y etnocida, se ha impuesto a través de la seducción, en combinación con la violencia de la colonizaciòn y del imperialismo”. Igual se ha dado con la palabra “desarrollo sostenible” que triunfó por la presión de Henry Kissinger, secretario de Estado norteamericano en la conferencia de Estocolmo del 1972. Tampoco basta un “desarrollo sostenible”, que es más de lo mismo, sino que necesitamos un cambio radical en nuestro modo de vida. Mientras la idea de “crecimiento” está tan firmemente arraigada en las mentes del hombre de hoy, hablar de decrecimiento es ante todo una apuesta que no es fácil creer que tenga gran buena acogida en la civilización técnica, pero es necesario confiar en que ella irá ganando nuevos adeptos, en especial entre empresarios sensatos que entienden que no hay otra salida.

Serge Latouche, en su obra, “Pequeño tratado del decrecimiento sereno” (Editorial Icaria, Barcelona. 2009), indica que han sido tres los elementos que han llevado a este tipo de sociedad: 1- la publicidad, que crea el deseo de consumir; 2- el crédito que proporciona los medios y, 3- la obsolescencia acelerada de los productos que renueva la necesidad.

La primera nos hace desear lo que no tenemos y despreciar lo que ya poseemos y disfrutamos. Así surgen las necesidades superfluas, y para inducirlas se gastan inmensos capitales en publicidad. De ahí que su presupuesto a nivel mundial es el segundo después de las armas. Cada vez más las empresas abusan de ella y agobian a los ciudadanos con sus campañas publicitarias, como vemos hoy día frente a la publicidad de antaño que era más benévola con los clientes.

El crédito se basa en la lógica del capital: es la “prosperidad a debe” de la que habló Alberto Lleras, en que se nos estimula a endeudarnos, sin saber cómo pagaremos en el futuro, lo importante es consumir.

Por la obsolescencia, cada aparato es sustituido por otro, de ahí el circuito integral que lleva a que sus elementos no puedan reemplazarse. Así, se genera un basurero mundial que acabará destruyéndonos a todos.

La tarea, según Latouche, consiste en “redimensionar nuestro modo de vida, lo cual implica un cambio de nuestras necesidades”. Cada época tiene las suyas, pues éstas van cambiando histórica y culturalmente. Se requiere lo que ya planteaba Descartes, el “buen sentido”, que significa también una buena dirección, que parte de una vida sobria.

Son diversas y muy fecundas las propuestas: se requiere una reducción del tiempo de trabajo y un cambio de contenido, que vaya contra la precariedad y la flexibilización del trabajo, lo que permitirá el desarrollo de los talentos, del tiempo libre, el descanso y el crecimiento personal, con lo que se le devuelve el sentido al tiempo libre.

Como anota André Gorz, “Para vivir mejor, a partir de ahora, se trata de producir y consumir de otra manera, hacer más y mejor lo meno con menos, empezando por eliminar las fuentes del despilfarro; p. ej, los empaques inútiles, el mal aislamiento térmico, el imprescindible transporte real, y aumentar la durabilidad de los productos. etc”.

El desvertebramiento y hasta la muerte de lo local, lo espontáneo y convivial, lleva a la necesidad de estimular el crecimiento de nuevas comunidades que respondan a nuestra condición de seres sociales, estimular empresas locales como los bancos provinciales que existían antes, pero que fueron absorbidos por los megabancos.

Colombia, uno de los países más ricos en biodiversidad, es paradójicamente de acuerdo con los expertos, donde la vida silvestre y animal está en más riesgo, y por eso, en caso de conflagraciones es una de los más vulnerables, lo que lleva a que nuestras ventajas se conviertan en desventajas, por nuestra negligencia, y por las políticas y la voracidad privada.

No somos dueños de la naturaleza, sino sus administradores responsables. Ella, como plantea Lovelock en “Gaia”, es un ser vivo, que responde a nuestras acciones tal como lo vemos en los diferentes fenómenos como el cambio climático, inundaciones, sequías, los cuales son obra de la acción humana que ha generado múltiples productos artificiales y peligrosos que la misma naturaleza no puede descomponer.


LAS CIFRAS DEL CRECIMIENTO

Como un cáncer que necesita crecer para vivir, el crecimiento actual necesita reproducirse al infinito y llega hasta los límites de la biosfera. Por eso los recursos son transformados en desechos más rápidamente que lo que la naturaleza alcanza a transformarlos y generar nuevos recursos. Se da con ello un sobre-crecimiento, como esos cuerpos que llega más allá de lo esperado.

Ya desde el punto de vista cuantitativo, todos los estudios muestran que el actual modo de vida es insostenible. Primero, el espacio disponible de la tierra es limitado y representa 51.000 millones de hectáreas. Y el espacio bioproductivo, es decir, útil para la producción, es de sólo 12.000 millones de hectáreas, lo que da de 1,98 hectáreas por persona de acuerdo al actual número de habitantes del planeta.El consumo actual de carbón y de petróleo equivale a una biomasa acumulada bajo la corteza terrestre en 100.000 años de fotosíntesis del sol. Un litro de combustible proviene de 23 toneladas de materia orgánica transformada en un período de un millón de años.

Según la fundación Wild Wife WWF, el espacio bio-productivo que consume una persona es en promedio de 2,2 hectáreas, y esto en el supuesto que la humanidad fuera estable, lo cual no es real, pues aumenta más y ma. Hay entonces una deuda.

Pero en esto hay que mirar matices, pues es dispar este proceso. Así, un ciudadano norteamericano consume 9,6 hectáreas, y 90 toneladas de materiales naturales diversos un canadiense 7,2 y un francés 5,26, un italiano, 3,8, un africano menos del 0,2 del espacio bio-productivo.

La humanidad consume ya cerca del 30 % de la capacidad de regeneración de la biosfera. El crecimiento se basa en la organización de la acumulación ilimitada, pues cuando se desacelera o se detiene, viene la crisis. De ahí que el empleo, el pago de las jubilaciones, la renovación del gasto público suponen un aumento constante del PIB y así “el único antídoto contra el desempleo permanente es el crecimiento”.

Los datos que se manejan son surrealistas, para vivir como se vive hoy día se necesitan otros planetas pues este está que revienta, que se puede si simplificar en cinco consignas:

Como anota Hervè Kempf citado por Latouche, el “desarrollo sostenible” tiene la única función de mantener los beneficios y evocar el cambio de costumbres modificando escasamente el rumbo”. Igualmente sería lo mismo cuando se habla de “otro desarrollo” o de “aireo crecimiento”. De ahí que la primera batalla sea entre la palabra y los imaginarios.

Que luego se hable de “crecimiento” o “desarrollo”, es una herejía para los economistas que se han apropiado de éstos temas, pero cuando éstos se salen de los límites que ellos le han fijado, se convierte en ámbito de todos. Además, los problemas que vivimos hoy son de tal estilo que cada vez más depende no tanto de expertos como del ámbito del hombre común. La tarea es de todos porque este es un barco que cada vez se siente más encallado y que está en peligro no sólo de naufragar sino también de desaparecer.

Además, la economía derivó en “economicismo”, una nueva religión, que ha pretendido ser la llave maestra para resolver todos nuestros problemas. Sin embargo, los problemas actuales son tan graves y de tal calado que se les salen de sus manos. Día a día nuevos nubarrones se ciernen sobre el planeta, y la culpa obviamente no la tienen las máquinas como pretendían los ludistas y los ecologistas extremos, que sólo parecen ver enemigos en todo lo que es progreso.

La salida a la crisis actual, en caso extremo puede ser paradójica: sólo una catástrofe podrá ayudarnos. Es imposible convencer a un capitalista de la necesidad de limitarse, porque sus intereses le impiden verlo; el hombre medio podría hacerlo, pero está manipulado por los medios que hacen que impulsado por la publicidad se lance a las campañas para comprar más barato lo que no necesita.

Contra el optimismo de los tecnócratas, es bueno recordarles que la naturaleza tiene siempre un último recurso, la “pedagogía de la catástrofe”: en múltiples ocasiones se ha hecho sentir, obligando a cambiar, y quienes no han cambiado ha perecido. Esa es la lección inexorable de la historia. Pero, como la historia no está escrita, en ella, las alternativas son siempre posibles, y ésta es la mejor para un mundo nuevo y más humano.